Somos la resistencia…

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Xuchitl Vázquez Pallares
Jueves 11 de Octubre de 2012
El martes pasado, 9 del presente mes, asistí al Octavo Foro Internacional Desarrollo Sustentable, cuyo tema central fue en esta ocasión “Acciones concretas para la mitigación, adaptación y vulnerabilidad al cambio climático”. El cual se efectuó en el Auditorio 1 del Centro Médico Siglo XXI. El tema a discernir ese día en concreto era: “El cambio climático y la educación, investigación científica y tecnológica”.

Decidí ir a pesar del pesado tráfico y el problema de estacionamiento. Hacía muchos años que no me acercaba al lugar. Muchas cosas han cambiado, está el Metrobús en Avenida Cuauhtémoc, el cual cambió de manera determinante el paisaje urbano, al igual que la desaparición del Parque Delta, antes bellísimo estadio, ahora convertido en plaza comercial.

Al entrar al Centro Médico, me llevé la sorpresa de ver una sucursal de Bancomer, un Wings, y tiendas de souvenirs. Recordé cómo era hace 42 años, cuando mi madre fue internada en oncología; cómo era en el 85, cuando asistía yo a rehabilitación para la columna diariamente a las 7:00 de mañana, y justo un día antes del fatídico 19 de septiembre, me cancelaron la cita para el día siguiente. Tras el terremoto se tuvo que rehacer el Centro Médico, ya que muchos edificios desaparecieron o colapsaron.

Al entrar al auditorio, sin imaginar qué iba pasar, me trasladé en el tiempo; me parecía estar viendo el auditorio lleno, con la comandancia zapatista al frente. Hace 16 años, en 1996, fui invitada al Congreso Nacional Indígena, el cual se llevó a cabo, precisamente en este auditorio.

Recordaba todo como si fuera ayer, como si no hubiese pasado el tiempo. Veía a los amigos: la cara dulce y recia de don Juan, a Evita, a Efrén, a miles y miles escuchando la voz de los silenciados, de los que no tienen nada que perder. La voz de esta tierra.

La emoción continúa aún en mi corazón, no quiero omitir detalle, ni describir tal como fue la entrada de los zapatistas, así que transcribo a Hermann Bellinghausen narrándolo, el 12 de octubre de 1996 : “Nadie esperaba esta forma de entrada triunfal. La travesía de la comandante Ramona desde el Aeropuerto Internacional hasta el Centro Médico Siglo XXI en un autobús blindado y rodeada de patrullas, ambulancias y embotellamientos. ¿Qué hace ella, tan breve y leve, en la jungla de asfalto? La ciudad tarda en digerir la llegada de Ramona. Es tan climática y tan anticlimática a la vez. La gente tiene ganas de estar alegre.

“Una joven fuerte, en la flor de la edad, le grita desde la banqueta a la visitante, que surca en convoy los viaductos y los ejes metropolitanos, mientras se dirige al Congreso Nacional Indígena:

¡Eres nuestra esperanza!

“¿Tiene eso sentido? ¿Cómo puede ser la esperanza de esa muchacha una mujer golpeada por la vida, una mujer de pueblo que habla poco castilla, y que ante un auditorio atiborrado de público lee dificultosamente un comunicado del EZLN? Ramona es una luchadora social, impulsora de la primera Ley de Mujeres en el mundo, y por cuya voz esta noche habla la voz del Ejército Zapatista.

“Cuatro o cinco mil personas esperan en la Avenida Cuauhtémoc, quieren conocer en persona a Ramona. La traen blindada, al primer zapatista que entra a la capital. Hace pocos días los periódicos se alarmaban: ‘Ahí­ vienen los zapatistas’; la oposición leal anunciaba el apocalipsis, ‘el fin del Estado’; el poder hablaba de ‘provocación’.

“A diferencia de los que conformaban los cinturones de paz en la explanada del Centro de Convenciones, los de la calle, en muchos casos, era gente que tenía poca información acerca del zapatismo, y en general de los indígenas mexicanos. Y sin saber por qué, estaban emocionados y esperaron varias horas al rayo del sol. La gente tenía sed, y esperaba.

“Adentro concluía el Congreso Nacional Indígena, un evento inusual que tampoco ha digerido la ciudad. Representantes políticos de la mayoría de los pueblos étnicos del país, de casi todas las organizaciones legales importantes, recibieron en sorprendente homenaje a la enviada del EZLN, a quien ellos, los participantes del Congreso, habían invitado, para quizá sin quererlo poner en riesgo la estabilidad del Estado” (Termina cita).

Recuerdo era fiesta. La alegría junto con la esperanza, eran las emociones a flor de piel. Un enorme paliacate rojo vestía por dentro y por fuera al auditorio. Paliacate rojo como el que usaba el jefe Zapata. Y al igual que a él, los guardianes de esta tierra, los que han guardado en su mente y corazón la sabiduría ancestral, mostraban respeto a Ramona, que en realidad encarnaba en esos momentos a nuestra tierra.

Indígenas de todo el país, hablaban a través de esa pequeña y frágil mujer, en ella se encarnaban las demandas de siglos: justicia, igualdad, educación, salud, un México de y para todos.

Los sahumadores, caracoles, flores y bordados, recibieron, brindaron homenaje y cariño a Ramona. Los zapatistas entraban otra vez a La Ciudad de los Palacios, edificada sobre la antigua Tenochtitlán.

Los españoles todo lo tiraron y quemaron, sobre los escombros y cenizas construyeron la Nueva España. No entendían el dicho: “Donde hay cenizas, fuego queda”. No sabían de misticismo, sabían de miedo, tortura, imposición y muerte. No sabían de amor a esta tierra. No sabían que en el sahumador está la voz del corazón indígena, elevándose desde las cenizas, tornándose fuego purificador, sanador. Fuego primario como el Sol, dador de vida.

El Congreso Indígena se celebró el 12 de octubre, por ser esta fecha determinante en nuestra historia.

La comandante Ramona trajo de regalo para todos, una bandera nacional, que a nombre de los indígenas reunidos recibió don Félix Serdán Nájera, veterano jaramillista, hijo de un revolucionario, que luchó al lado de Zapata. Ese acto en apariencia sencillo, está lleno de simbolismo. La mujer de piel color de la tierra, toma en sus manos nuestro “Chimalli”, nuestro escudo, y lo da a los guardianes, a quienes día a día siendo resistencia, evitan la muerte de nuestra esencia.

Nada es coincidencia, nada es fortuito. Mucho menos este encuentro de los propietarios originarios de estas tierras. Que no querían tomar las armas, querían recobrar su dignidad.

La memoria es la mejor máquina de tiempo jamás existente. Mi memoria me llevó no solamente al Congreso Indígena del 96, me llevó al Zócalo, corazón de México, al 12 de octubre de 1992, donde reencontré a la llamada “tradición”, a los jefes y jefas, a los danzantes que con su movimiento se unen al Cosmos. Guardianes del conocimiento, usos y costumbres de los propietarios originarios de estas tierras. Son como los sahumadores: materializan la fuerza de esta tierra, que se creía extinta, y la elevan fundiéndose con el todo para nunca dejar de existir.

Ese día viví la importancia de la memoria histórica de los pueblos originarios. “La tradición” es pasado, presente y futuro de México. No son sólo danzantes, sólo concheros, son la memoria viva. Son la resistencia.

Don Juan, el de Nurío como se le conoce, me platicaba siempre sobre cómo eran las cosas antes. Platicábamos horas y horas, no había tiempo. No había prisa; finalmente se llega a donde se tiene que llegar. Don Juan por así decirlo era la memoria de estos pueblos, era el pasado, el presente y el futuro.

Cada vez al despedirnos, me veía con sus ojos limpios, sonrientes: “Somos la resistencia, no lo olvides, no debemos nunca dejar de luchar por esta tierra”.

Somos la resistencia, aquí estamos. Sonreíamos.

vazquez pallares@gmail.com

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