Del verbo acordar

http://www.jornada.unam.mx/2013/02/18/opinion/022a1pol
Gustavo Esteva
Los problemas constitucionales, decía La­salle, no son problemas de derecho, sino de poder.

Las reformas constitucionales pactadas en San Andrés el 16 de febrero de 1996 no tenían aún forma jurídica. Eran asunto de un poder misteriosamente ejercido por una capacidad política llena de imaginación.

Estábamos preparados para la guerra, no para el diálogo, decía perplejo el subcomandante Marcos en marzo de 1994, apenas tres meses después del levantamiento, ante el diálogo de catedral. Los zapatistas no sabían cómo entablarlo… pero aprendieron pronto. Y si aquel diálogo no prosperó no fue solamente por el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Fue porque del otro lado no aprendían. Pensaban, con Camacho a la cabeza, que todo se resolvería con dinero: un buen programa de desarrollo para los pobres indios marginados, con electricidad, educación, salud y todo lo demás. La puerca torció el rabo cuando los pobres indios incluyeron en el diálogo libertad, justicia y democracia y afirmaron que todo era cuestión de dignidad.

No se cuenta aún la historia de los diálogos de San Andrés, que merece relato puntual y detallado. Tras la cuidadosa negociación de su formato en San Miguel, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) dio la primera sorpresa con sus asesores: más de un centenar de personas variopintas, en que sólidos dirigentes indígenas se mezclaban con prominentes intelectuales y especialistas.

Los zapatistas no necesitaban asesoramiento alguno para negociar sus cosas. Pero no iban a eso a San Andrés. Cuando un asesor les preguntó por su noción de autonomía, para orientar el asesoramiento, respondieron sonriendo: Tenemos nuestra propia noción, que aplicamos todos los días. Pero no es la única que hay en el país ni es necesariamente la mejor. Los hemos invitado para traer a la negociación una noción de autonomía que refleje lo que quiere el conjunto de los pueblos indios.

Es la tónica que define a los zapatistas. Son mayoritariamente indígenas, pero no constituyen un movimiento indígena; no reducen sus reivindicaciones a lo indígena ni a sí mismos. Para todos todo, nada para nosotros no es lema de campaña, sino principio ético rigurosamente respetado.

Poco avance se registró en las primeras dos sesiones del diálogo. Mientras los asesores del EZLN trabajaban frenéticamente, forjando consensos y propuestas, pocas y malas señales venían del lado del go­bierno. El comisionado convocó alguna vez a una reunión urgente a los asesores. Ustedes y los zapatistas están hablando todo el tiempo de dignidad. Queremos que nos expliquen bien a qué se refieren. Pero no bastaron las explicaciones. El asunto quedaba claramente por encima de sus entendederas.

Entre las sesiones segunda y tercera del diálogo el EZLN convocó al Foro Nacional Indígena. Por primera vez en 500 años los pueblos indios del país se reunieron por propia iniciativa. Cientos de dignos representantes discutieron por muchos días hasta que surgió un mandato claro. Del foro brotó la decisión y el impulso que crearon el Congreso Nacional Indígena. Sus ideas siguen siendo fuente de inspiración.

Una nueva negociación, cuando los acuerdos se empantanaron, desembocó en una iniciativa de reforma constitucional. Aunque formalmente sólo el gobierno federal suscribió el acuerdo, lo hicieron también todos los partidos en el Congreso. Fue un compromiso de Estado que sigue sin cumplirse.

Cuarenta millones de mexicanos acudieron a los mítines de la caravana que recorrió diez estados en 2001, para llevar al Congreso el punto de vista de los zapatistas en la Marcha del Color de la Tierra. Miles de organizaciones y millones de personas respaldaron la iniciativa Cocopa. No hubo una sola organización que se opusiera públicamente a ella. Pero todos los partidos en el Congreso produjeron una contrarreforma. La Suprema Corte se lavó las manos.

¿Qué hacer cuando los tres poderes constituidos se niegan a aceptar la voluntad mayoritaria de la nación? ¿Qué hacer cuando violan continuamente la ley que han impuesto a la población, abusan de ella e instalan un estado de excepción no declarado? ¿Qué hacer cuando siguen pensando que bastarán algunas salpicadas de dinero y desarrollo, como fueron a ofrecer a Las Margaritas?

De manera callada, aunque no sigilosa; a partir de la voluntad orgánica que forma su propio orden interno; como capacidad de resistencia que transforma en coraje transformador la digna rabia; como digna respuesta ante el horror que desde arriba se instala, los pueblos crean su propio estado de excepción. Tiene diversas formas, tiempos y nombres en distintas geografías. Pero ahí van. Paso a paso. Cada vez más firmes. Abiertos al concierto, a un acuerdo entre ellos capaz de detener el horror que cunde. Como los zapatistas, ellos cumplen y respetan los acuerdos de San Andrés. Para muchos, son su ley.

gustavoesteva@gmail.com

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