Crítica al centralismo democrático

Colectivo NPH

“El socialismo no es asunto de banderas o estandartes 
que haya que mantener en alto. Fin y esencia del socialismo
es el paso recto en dirección hacia la libertad, 
la mirada en la utopía concreta del reino de la libertad” 
(Rudi Dutschke)
“Toda derrota es siempre menos desalentadora
que la más alentadora de las mentiras”
(Ignacio Silone)

Sobre el contenido “burgués” y “jacobino” del centralismo democrático de la izquierda: la izquierda clásica argentina, lo declare o no, se da forma organizativa bajo el principio conocido con el nombre pomposo de “centralismo democrático”. La autoría se les es otorgada históricamente al Lenin de 1902, en el opúsculo ¿Qué hacer?, aunque el mismo Lenin declaraba estar inspirándose en los principios organizativos de la socialdemocracia alemana, el SPD, y, en especial, en las ideas de Kautsky, y más atrás, Lasalle. Poco podía hacer para citar a Marx. Si este modelo ya era profundamente antidemocrático y excesivamente centralista en el SPD en 1900 (una caso testigo fue no sólo las represiones a las oposiciones internas sino a figuras como Rosa Luxemburg y al propio Lenin) el efecto se potenció por las propias y peculiares condiciones “materiales” de Rusia. En la reconstrucción crítica y materialista que hacemos del concepto, que no es otra cosa que aplicar el marxismo al propio marxismo, partimos de la tesis que los rasgos esenciales de la concepción leninista de partido sólo puede entenderse si la teoría de Marx sobre la formación económico-social asiática se aplica a la Rusia de la época. Esto es: si la Rusia entre los años 1900 y 1917, cuna social “material” de la matriz esquemática de nuestra izquierda, no es entendida como una formación social al estilo occidental. Visto de otra manera, nuestros experimentados militantes deberían especificar cuál acción es revolucionaria en la Argentina de hoy. El leninismo, y su subespecie neotrotskista, esquemáticamente adaptó la filosofía organizativa de la Segunda Internacional a las condiciones rusas. O sea que el “vanguardismo”, la semilla de una Nueva Clase, no pertenece a Lenin, sino al reformista Kautsky. Aunque en los estatutos y en el programa fundacional se presentaba como un partido “revolucionario” y “marxista”, en su práctica organizativa era burgués y jacobino. La idea de insertar la conciencia de clase al movimiento obrero desde “afuera”, elaborado por intelectual, en palabras del mismo Kautsky, citado con aprobación por el propio Lenin: “El vehículo de de la ciencia (es decir: el socialismo) no era el proletariado sino el intelectual burgués”. La organización debía expresar esta escisión entre teoría y movimiento, entre la esfera puramente intelectual burguesa y el cándido analfabetismo acientífico del espontaneísmo de las masas. Esta concepción incluso se reforzó más en su trasplante semiasiático: bajo las condiciones del despotismo zarista, Lenin remachó el antiespontaneísmo kautskiano con más centralismo e incluso el supuesto de que a la insuficiente espontaneidad económica rusa se le debe oponer el partido como inyector de política, que es anterior y exterior al instinto social. Esta arquitectura oculta al ingenuo militante características específicamente rusas justificadas por la ortodoxia kautskiana, en 1902 la fórmula de éxito. El “revolucionario profesional”, externo y más allá de la estructura clasista, en el formato “ruso” del funcionario socialdemócrata alemán, deviene ahora el generador de la constitución de la conciencia política de las clases oprimidas. Lo social, como tal, no tiene otra tarea histórica que subordinarse al partido. Es más: el partido puede posibilitar, en una sociedad despótica como la del zarismo, la propia constitución burguesa de las clases. El partido reemplazaría, en la idea leninista, a la espontaneidad generada por la sociedad civil (lo económico-social) en Occidente. En esencia, no se le reconoce a ninguna clase social una existencia autónoma. La creación de lo político, en el dispositivo despótico de la Aziatcina (el régimen jurídico-político zarista), tanto en su lugar como en su jerarquía, es derivado de la línea del partido. Si, siguiendo el pensamiento leninista, toda institución y su propia estructura, natural e inevitablemente, son determinadas por el contenido de su acción, esta forma partido requería un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de técnico, un sujeto indiferente a su origen de clase y una “separación” real con el mundo del zarismo. Se necesitaba esta forma debido al contenido económico, una revolución burguesa en un país campesino con un proletariado minoritario e injertado sobre una formación económico-social semiasiática, de la revolución posible en Rusia en 1902. Lenin pensaba en realizar una revolución burguesa con “métodos” proletarios (el modelo kautskiano más los aditivos peculiarmente rusos). ¿Qué nos puede servir a nosotros, no sólo después de los resultados catastróficos del stalinismo, una forma organizativa absolutamente diseñada para las especificidades del zarismo? Lo inevitable del predominio de la “ilegalidad”, la clandestinidad en el trabajo político cotidiano, el dogma del Comité Central, la subestimación de la espontaneidad e instinto de lo social en las peculiares condiciones de servidumbre del despotismo, que determinaban de forma totalmente pre-occidental y nueva las tareas de la burguesía y las masas populares, es lo que sirve de base de las consecuencias fundamentales en cuestión de organización del socialdemócrata Lenin, el Kautsky ruso. Su presupuesto actual (1902), que impregnaba la forma organizativa, no era la revolución socialista, sino una revolución burguesa: se trataba del derrocamiento del zarismo, el “monstruo mongol”(Marx), como un hito para la evolución posterior, educativa, cultural y capitalista normal, de las masas rusas. Aquí está uno de los puntos esenciales: ¿captaban Lenin y los socialdemócratas rusos correctamente la realidad rusa de forma adecuada? ¿Reflejaba su posición teórica el carácter material de la sociedad? ¿Las verdaderas líneas tendenciales de las fuerzas sociales y las posibilidades políticas concretas? Una adecuada determinación, histórica y material, de la organización revolucionaria para Rusia debía ser una negación de las relaciones económicosociales de servidumbre dominantes en el zarismo, no una extrapolación mecánica de la tradición de la Segunda Internacional más disciplina despótica fabril. En las condiciones de principio de siglo las masas eran impedidas de todas las formas imaginables de encuentros autónomos y libres; se encontraban “incluidas” dentro de un complejo sistema zarista-gran capitalista, que a Lenin le pareció lógico copiar el modelo del partido de éxito jacobino de Kautsky sumándole la tradición revolucionaria clandestina de los Narodniki (populistas), sin perder de vista la lucha de clases. Así se llegó a un tipo de partido en el que no era decisivo la pertenencia de clase, sino la peculiaridad político-humana de ser revolucionario de “oficio” dentro de la forzosa ilegalidad del zarismo. La contradicción objetiva y material entre la intelectualidad burguesa, nicho de la Nueva Clase, y las clases populares, si ya se ocultaba en la concepción kautskiana, ahora se acentuaba más. Qué otra situación es en las sociedades desarrolladas bajo el capitalismo dónde no ha sido un “partido” revolucionario el que libró al Pueblo de el despotismo, sino que fue la acción autónoma de las masas, que se politiza momento a momento, la que nos libró primero del yugo absolutista y hoy de la explotación específicamente capitalista. En Lenin entonces el movimiento político, resultado de las contradicciones rusas del 1900 y fuertemente burgués, era la infraestructura revolucionaria de este tipo de partido, el centralista democrático. Esta forma organizativa nace condicionada no sólo por las mismas condiciones despóticas de la servidumbre, que llevan a la ilegalidad, de la centralización despótica zarista, sino por la teoría kautskiana rebosante de jacobinismo y lasallismo. Aquí, como en nuestra izquierda, no hay espacio a la autonomía, es más: es entendida siempre desde el ángulo de un “especialista”, se le reduce a una operación técnica. El resultado es la pérdida de información y contacto social de la militancia (cuyo síntoma es el “entrismo” en fábricas), que supuestamente compensa la sabiduría del Comité Central. La dialéctica técnica de la centralización democrática, así cómo la de dirección y reponsables, obran automáticamente de manera que el poder político y la planificación sobre la descentralización y la espontaneidad están concentrados en el Comité Central. El camino ruso es un viaje de ida, de arriba hacia abajo, una orquesta sinfónica leninista. Esto corresponde a la misma situación de las partes desmembradas del capital en el marco del capital general. En ambos casos la descentralización y autonomía, si existen, son momentos de la división del trabajo, jamás un proceso de autorregulación y autodisciplina. Los miembros del partido siguen objetivamente sometidos a las leyes del movimiento del cambio mercantil. La red de revolucionarios profesionales, los rentados, es objeto del Comité Central; el proceso de autotransformación y de anticipación emancipatoria acaba para siempre para sus miembros como consecuencia, no de leyes externas, sino de la propia vida del partido y con el trabajo de su propio “oficio” militante. Los especialistas y sus instrumentos “trabajando” la mercancía liberadora y la sociedad mientras “espera”. Encontramos en Lenin una negación concretada técnicamente del despotismo zarista, pero no la negación utópico-concreta de las relaciones de dominación, de sus formas. A la burocracia centralista y omniopresora zarista se le opone especularmente una burocracia centralista omniliberadora. Algo así como el “Síndrome de Estocolmo” revolucionario. El socialismo queda confinado a la “cabeza” científica ideológica, pudiendo ser vomitada, en tiempo y lugar, sobre el abdomen pasivo. Lenin jamás superó, en cuestión de organización, la herencia burguesa del punto de vista técnico-especialista heredado de la Segunda Internacional. El punto esencial, desde la perspectiva de la Nueva Clase, es que la intelectualidad burguesa orientada “socialistamente” juega un papel rector y gerencial, sin tomar en cuenta su ser social como punto de partida del análisis crítico-materialista de la inteligencia burguesa y de su conciencia, sin problematizar su contexto vital y de lucha práctica en relación con las masas populares, haciendo surgir una “solidaridad” interclasista inexplicable. El reparto de papeles es una suerte de dirección moral-misionera. Porque si bien las masas deben “colaborar”, jamás son la garantía social y la continuidad material de la teoría y práctica del partido. Los intereses “concretos” de las masas son separados mecánicamente del “fin” socialista del partido, haciendo imposible una mediación dialéctica entre intereses concretos y utópicos y necesidades utópicas y concretas de acuerdo con la situación histórica. El peso del Comité Central, diseñado con una concepción formalista del saber en sentido positivista, elimina e impide el predominio de la sensibilidad de las masas, las masas como razón. La relación es puramente idealista: en cambio de concretar desde abajo, de forma materialista, el diseño organizativo, con el fin de no fijar en las bases y a priori un abismo, una separación esencial entre el ser del Pueblo y su conciencia revolucionaria, el único método materialista para Marx, se la subsume en un protocolo abstracto, estereotipo de la superioridad del trabajador intelectual burgués. La negación más violenta de esta ortodoxia kautskiana vino, no de un intelectual socialista, no de la teoría, sino de las propias masas, de las convulsiones autónomas del abdomen ruso: los soviets de las revoluciones de 1905 y 1917. A la monstruosa tesis de kautsky y Lenin de que las masas no podían llegar a la conciencia socialista sin los especialistas de la vanguardia, el “atrasado” instinto social en acción fue mucho más lejos que los delirios más avanzados de los teóricos burgueses más atrevidos. Con la creación autónoma de sus propias formas autónomas de poder las masas refutaron prácticamente la ortodoxia. La “mirada” científica y externa de los profesionales revolucionarios, desde el partido sobre las masas, ni siquiera pudo imaginar o anticipar una mediación autónoma, socialista y espontánea como los consejos de fábrica o el mismo “Soviet”. Se abandonaba así la mediación de la organización revolucionaria como instrumento de las masas, como negación activa de las relaciones dominantes y como anticipación de formas socialistas de intercambio, comunicación y hegemonía. ¿Qué se esconde detrás de la cáscara “democrático” y qué detrás de “centralismo”? En el centralismo no hay nada químicamente socialista. La igualdad política, así como la igualdad en la economía y en el acceso a la información, de los miembros rasos tampoco se da en la variante democrática del “centralismo”. Democrático aquí es una afinidad electiva con el formalismo jurídico del poder ejecutivo de la burguesía. Pero el socialismo, o una concepción burguesa, sí tiene su ámbito: la cabeza (determinadas cabezas), el Comité Central. Allí es donde pervive, como en un invernadero social, la confraternidad y la igualdad de condiciones. Por lo menos hasta la toma del poder. En esta determinación democrático-burguesa, jacobina, se visualiza claramente el contenido burgués del centralismo democrático. En primer lugar al adoptar acríticamente la misma forma de partido político, en el sentido europeo-occidental, es decir: una institución típica de la última fase de desarrollo del ordenamiento estatal tardo-capitalista o representativo-electivo o “Capital-parlamentarismo”. En segundo lugar la propia categoría de “centralismo” es expresión del concepto burgués de estado. Así es como se revelan las categorías revolucionarias de “centralismo democrático”, “disciplina de base”, “división del trabajo”, “revolucionarios profesionales”, en la forma de entender Lenin el partido como conceptos antizaristas empleados en la etapa histórica de la peculiar acumulación originaria del capital en Rusia. Nada más, pero nada menos. 
14 de marzo de 2002

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Significado de “optar por los pobres”

Vigil, J. M., 1987.

Optar por los Pobres en Solidaridad con Nicaragua. Meditación Teológica Aplicada. En Nicaragua y los Teólogos. Siglo XXI Ed., 281-288.

1.- Optar por los pobres
Optar por los pobres significa, ante todo, querer escuchar a los pobres. No pasar de largo por nuestro caminar histórico sin pararse a mirar siquiera al pobre que yace medio muerto y despojado por quienes le han robado.
Ello significa hacer un esfuerzo positivo por que nos llegue su voz, su opinión, su sentir. Y sólo los ingenuos pueden pensar que a través de las multinacionales de la noticia, las grandes agencias de prensa norteamericanas – que controlan el 80% de la información escrita-, no llega la voz o las preocupaciones, ni siquiera la  realidad de los pobres, sino más bien la perspectiva del capital, de los ricos, del imperialismo. Optar por los pobres implica hacer algo positivamente por llegar a escuchar a los pobres, por informarse, preguntar, buscar fuentes de información alternativa, tratar de leer entre líneas la información de las agencias, conectarse con grupos que tienen información directa o que han visitado….
Optar por los pobres implica hoy tratar de buscar las causas de la pobreza y de los graves desequilibrios mundiales relativos a ella. Significa no contentarse con sentir compasión por la pobreza y decidir ser más caritativo. Exige poner en práctica una voluntad de análisis y estudio, de una cierta investigación, en el nivel que cada uno sea capaz. Implica adoptar unos instrumentos de análisis, sin contentarse con las ideas tradicionales o ingenuas que nos hayan inculcado. Implica rechazar definitivamente la idea de que la pobreza y la riqueza son inocentes, providenciales o fatales, y buscar sus causas y sus posibles remedios.
Optar por los pobres significa solidarizarse con sus luchas. Porque la historia humana no es un concierto celestial, sino un conflicto de intereses. Y sólo cerrando los ojos podemos ignorar la lucha histórica de los pobres y de los marginados por su liberación. Optar por los pobres es salir de la ingenuidad, de la pasividad, de la indiferencia y pronunciarse en presencia de la historia, tomar postura, decidirse a pronunciar una palabra propia y jugarse la vida a una carta: la de los pobres que luchan por el triunfo de la justicia, de la libertad, de la paz, de la liberación. Implica mancharse las manos, entrar en la historia, entrar en las luchas de los pobres por la paz.
Optar por los pobres significa sumarse a su protagonismo, aceptarlos como sujetos de su propio destino, y no ya como beneficiarios de nuestra acción caritativa. Dejar ya de vivir “para” los pobres desde un ámbito que no es de los pobres sino pasarse a su terreno, a sus filas, y sumarse a su proyecto. No para dirigirlo, sino para apoyarlo, para secundarlo, para ponerse a su servicio. Para vivir ya “con” los pobres, en comunión de lucha y esperanza. Significa pues optar por los pobres organizados, los pobres que salen de la alienación histórica para pasar a ser sujetos de su propia historia.
2.- Aspectos geopolíticos
Optar por los pobres significa optar geopolíticamente por los pueblos pobres, por los pueblos pequeños y oprimidos, por los pueblos sometidos y dependientes, por el tercer mundo, por el Sur… Significa no aceptar ya vivir desorientadamente, sin coordenadas geopolíticas, sin orientar la propia vida, el trabajo, la profesión, el corazón, los  intereses, la solidaridad, con una brújula certera que busque constantemente el Sur de los pobres, siempre sobre el suelo de las coordenadas geopolíticas, nunca sobre las nubes de la universalidad abstracta ajena al espacio y al tiempo histórico.
Optar por la paz exige, para que sea una opción real, ejercer una efectiva militancia de solidaridad internacional. No simplemente estar informado, sentir, pensar, querer, sino llevar a cabo militarmente acciones en el caso de la solidaridad internacional, como campo nuevo y privilegiado para la realización del amor humano y cristiano en nuestro tiempo. Dar concreción total a las acciones del amor: apoyar las campañas internacionales de apoyo a los pueblos pobres, participar en comités de solidaridad, en las iniciativas que surjan a nuestro alcance….
Optar por la paz significa desechar las cómodas universalidades, perplejidades, escepticismos y demás justificaciones que nos permiten continuar viviendo sin una opción por los pobres verdaderamente militantes. Definirse inequívocamente por la justicia para con los más pobres en cuestiones como el orden económico internacional, la carrera armamentista, la guerra de las galaxias, la guerra contra el terrorismo, etc.
3.- Aspectos explícitamente eclesiales
Optar por los pobres significa optar por una Iglesia que no sea ya el centro de sí misma, sino que se ponga decidida y enteramente al servicio del Reino que anunció Jesús, un Reino para los pobres. Renunciar a verlo todo en funciones de los intereses de la Iglesia, para pasar a supeditar estos intereses a los intereses del Reino. Pasar a medir la realidad con la medida del Reino, no con ninguna otra medida. Salir de la ingenuidad que nos hace dar por supuesto que nunca ni en nada los intereses de la Iglesia (real, sociológica e institucional) puedan estar en contra de los intereses del Reino anunciado a los pobres.
Optar por los pobres significa pedir perdón insistentemente por el pecado que la Iglesia ha cometido históricamente poniéndose durante tantos siglos al lado del poder y de las capas dominantes y opresoras de la sociedad.
Optar por los pobres significa optar por “popularizar” la Iglesia, por hacerla más y más popular, más y más del pueblo. Gozarse y regocijarse con el pueblo que ha entrado ya en la Iglesia. Dar la bienvenida y prestar la más cálida acogida a los pobres concientizados que han irrumpido en la Iglesia. Desarrollar una permanente reflexión y discernimiento para detectar las mil vinculaciones que atan a la Iglesia a la cultura burguesa, para desbloquearla y para posibilitar la encarnación del mensaje cristiano y de la Iglesia en el seno de la cultura y de las esperanzas e intereses del pueblo.
Optar por los pobres significa hacer que la Iglesia sea efectivamente –como Jesús quería- una buena noticia para los pobres y luchar denodadamente contra todo lo que en la Iglesia es una mala noticia para los pobres. No ceder ante la comodidad, la costumbre, los cánones, las presiones institucionales… en todo aquello que empañe la buena noticia para los pobres.
4.- Opciones concretas
La opción por los pobres implica optar por la revolución popular o lo que es lo mismo, significa optar por la liberación.
Optar por los pobres implica renunciar a las actitudes y a la ideología burguesa, significa a la vez optar por la integración de las capas burguesas al proyecto popular, abandonando el proyecto burgués democrático-capitalista. Significa situarse contra el imperialismo (hoy neoliberalismo) y de toda forma de dependencia que perpetúe o reedite el avasallamiento y la dominación de la conquista y del colonialismo o neocolonialismo…Significa situarse contra el imperio como principal protagonizador de este proyecto.
La opción por los pobres exige hacer frente –unidos solidariamente a las víctimas- a las guerras de agresión impuestas a los pueblos. Exige denunciar esta agresión y llorar a estos muertos.
Optar por los pobres exige combatir las posturas reaccionarias aliadas con la burguesía y con el imperialismo, sin tratarlas con más indulgencia cuando se producen o se refugian en el ámbito de la Iglesia.
Optar por los pobres significa colaborar con los pobres organizados en las tareas que la revolución lleva adelante para construir la nueva sociedad, sostener económicamente sus campañas, divulgar información que contrarreste las campañas de desinformación, propagar siempre la Verdad.
5.- Espiritualidad de la opción por los pobres
Optar por los pobres significa ante todo optar por Dios, que es Dios de los pobres, que se manifestó siempre a lo largo de toda la revelación bíblica como el Dios de los pobres que está siempre a su lado. Significa optar por el Dios que nos sacó de Egipto (Éxodo, 20,2), el que hizo valer su brazo poderoso pronunciándose en la historia contra la opresión de Egipto. Significa no aceptar a los “dioses” que justifican con bellas palabras o con simples promesas las situaciones de esclavitud y de opresión que no utilizadas por los poderosos contra los pobres organizados.
Optar por los pobres significa seguir a Jesús. La opción por los pobres es una práctica de seguimiento. Significa optar por los que él optó. Hacerse como él, un pobre, y entregar la vida a la causa del Reino de Dios, que es el Reino de los pobres y para los pobres (Lucas, 4, 16ss) y sentirse lleno de júbilo al ver que todo esto el Padre lo revela a los sencillo.
Optar por los pobres significa encontrar a Dios y a Jesús en los más pobres, en los más humildes, en los menores (Mateo, 25, 31ss). Significa reconocer a los pobres como el único sacramento absolutamente necesario y universal. Significa por tanto reconocer que algo de presencia de Dios en la historia, algo de sacramental, tiene la organización y las revoluciones de los pobres.
Optar por los pobres significa experimentar a Dios presente en las luchas históricas de los pobres, en su diario avanzar por la historia, y significa hacerse solidario con la lucha de Dios a su favor, salir del engaño de la neutralidad o de ahistoricismo. Rastrear todos los días las huellas, los signos, las voces, los gritos de Dios en la vida de los pobres por el duro camino de la historia. No engañarse buscando a Dios fuera de donde Él se encarnó: en el reverso de la historia, en la historia de los pobres.
Optar por los pobres significa aceptar también la conflictividad en la Iglesia, la reactualización de la persecución que las autoridades religiosas de su tiempo desataron contra Jesús  por ser libre, por anunciar el Reino para los pobres sin someterse ciegamente a las autoridades que lo impidan, por poner siempre la proclamación del Reino por encima de todo interés institucional religioso, por curar en sábado, por juntarse con los pobres y las prostitutas, por enseñar con autoridad aunque sin autorización, por no aceptar ser digerido y asimilado por la institución, por no avenirse a una reconciliación con los fariseos ni con los enemigos del pueblo…
Optar por la paz significa venerar la sangre de los mártires de la causa de los pobres, no hacerla inútil, no ignorarla. Significa sentirse en comunión con todas las luchas de los pobres a lo largo de la historia, comulgar con toda la sangre derramada por la liberación, hacerse compañero de esperanza de los pobres todos, pasar a engrosar la larga procesión histórica que peregrina desde la esclavitud de Egipto por el desierto hacia la tierra prometida de la liberación.
Optar por los pobres significa optar por una revolución mayor, la del Reino anunciado por Jesús, como utopía propuesta por Dios mismo a la humanidad y encajar ahí y enjuiciar desde ahí todas las revoluciones de la historia, para fecundarlas con el Evangelio –fermento de la revolución total escatológica- y acompañarlas con apoyo crítico.

¿POR QUÉ SOCIALISMO?

Albert Einstein
Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949
 
Introducción: Sebastian Risau
 
Como es sabido, el 2005 fue elegido como el año de la física porque se cumplieron cien años desde la publicación de cuatro artículos esenciales de Albert Einstein en la revista Annalen der Physik. También se cumplieron cincuenta años desde su muerte. Quizás no sea el efecto menos importante de esta conmemoración el haber hecho comprender al gran público que sus contribuciones a la física del siglo XX van mucho más allá de la teoría de la Relatividad.

Lamentablemente, la celebración de la figura de Einstein no ha bastado para que su firme posición frente a los diversos problemas sociales de su (nuestro) tiempo reciba toda la atención que merece. La imagen del anciano distraído y bonachón se resiste a morir. Apenas se le reconoce un pacifismo diluido no incompatible con esta imagen.

Pero Einstein fue mucho más. Fue un intelectual comprometido y capaz de potentes declaraciones publicas en circunstancias políticamente desfavorables. No por nada estuvo en la mira del FBI hasta su muerte (ver al respecto el libro de Fred Jerome, The Einstein File). Una de sus tomas de posición menos conocidas fue su apoyo a la idea del socialismo a través del artículo que transcribimos más abajo, publicado en el primer número de la revista Monthly Review, en 1949.

Para comprender su significado es necesario conocer el contexto político en el que fue publicado el artículo. Einstein, había apoyado activamente la candidatura de Henry Wallace del recientemente creado Partido Progresista (integrado por socialistas y comunistas), quien acabo perdiendo la elección en 1948, siendo Truman reelegido para su segundo mandato. El furor anticomunista comenzaba a hacerse sentir. Truman había iniciado en 1947 un programa de seguridad destinado a buscar cualquier “infiltración de personas desleales” en el gobierno. Esto parecía además justificado por eventos externos: expulsión de no comunistas del gobierno checo (1948), bloqueo de Berlin por la URSS y, sobre todo, la proclamación por Mao de la República Popular China en 1949. Un año después Truman comienza el bombardeo de la Coreas del sur y del norte, para proteger a la primera de la “amenaza comunista” de la segunda. Algunos intelectuales prominentes como Leo Huberman y Paul Sweezy deciden abandonar  el partido por sus actitudes blandas hacia ciertas cuestiones sociales. En 1949 fundan la revista marxista Monthly Review y, a través de un amigo común y conociendo las posiciones de Einstein, consiguen que éste escriba el artículo principal del primer número. Demás está decir que este artículo, (cuya traducción sigue a estas líneas) y su cristalina argumentación a favor del socialismo, considerando incluso sus dificultades, fue un gran aporte a la difusión de Monthly Review, revista que aun hoy continua en circulación. 

¿POR QUÉ SOCIALISMO?
Albert Einstein
Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949.
 
¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que si.
Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos– son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.
Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿porqué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”
Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.
El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de éstos diferentes, y frecuentemente contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por si mismo; pero él depende tanto de la sociedad -en su existencia física, intelectual, y emocional- que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad” la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido — exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.
El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.
Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos — que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos — en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.
Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo — no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional– puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.
En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.
La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”. El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.
Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.
Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?
Tener claras las metas  y problemas del socialismo es de gran importancia en esta época de transición. Dado que, en las circunstancias actuales, la discusión libre y sin trabas de estos problemas se ha vuelto tabú, considero la fundación de esta revista un importante servicio público.
 
Artículo original en: http://www.monthlyreview.org/598einst.htm
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=24924